“The Goat”, un talento desaprovechado

Miguel Mayoral

Los amantes del baloncesto sabrán que este deporte va más allá de lo que vemos en la tele, las grandes portadas de las revistas, o multimillonarios contratos. El baloncesto no es un lujoso estadio, con una alfombra roja por la que desfilan, noche tras noche, las mayores estrellas. Aquellos que verdaderamente vivan este deporte, habrán sangrado con un codo amigo, escuchado el chirrío de la red metálica, y resbalado con los charcos de la lluvia en el asfalto. Es allí, sobre el asfalto, donde nació la leyenda de Earl “The Goat” Manigault.

 

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Earl Manigault/ todayifounot.com

Esta historia nos sitúa en Nueva York, la ciudad que nunca duerme. Imperioso destaca el Madison Square Garden, cuna del baloncesto, hogar de los Knicks y paso obligado para la jet set americana. Pero no nos detenemos allí, si no en el barrio de Harlem, entre la octava avenida y la 155, en Rucker Park, cuna del otro baloncesto. Con el tiempo, grandes jugadores anónimos que han pasado por esta cancha, se han convertido en leyenda. Desde Wilt Chamberlain, Lew Alcindor antes de ser Kareem, ‘Dr. J’, Vince Carter y Earl Manigault, el único que no jugó en la NBA, pero puede que el mejor de todos ellos.

 

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Rucker Park, la pista callejera más famosa del mundo/ blingcheese.com

Earl nació en 1944 en Charleston, Carolina del sur. El último de nueve hermanos de una familia humilde. A los cinco años se mudó a West Side, donde habitaba gran parte de la comunidad negra de la ciudad neoyorquina. Earl se crio en la calle, entre drogas y violencia. Su primer contacto con el baloncesto fue en Rucker Park. Pronto descubrió que saltaba más que el resto,  y ya en el instituto empezó a despuntar como jugador. En esta etapa se le adjudica su mote, “La Cabra” (The Goat”).

Sus primeros pasos en el baloncesto van ligados a la oscuridad de Nueva York. Empieza a meterse en el mundo de la droga, que conoce desde niño. Esto, y una mala elección de universidad, hacen que regrese a Harlem, a la calle. Sin apenas estudios, su vida gira en torno a la canasta. Empieza a labrarse un nombre. Su constancia y prodigioso físico pese a su corta estatura, 1,85, llaman la atención de propios y extraños. La gente se acercaba para verle jugar, la gente se acercaba para verle saltar.

En la década de los 60 son muchos los jugadores profesionales que acuden a las pistas callejeras, y de todos ellos, Earl Manigault es el que más despunta. Es entonces cuando empieza a desarrollar el “Double Dunk” (doble mate en un mismo salto). Una demostración de calidad técnica. Es sin duda, uno de los gestos más difíciles de este deporte, y que muy pocos logran imitar. Una obra maestra de un prodigio del baloncesto, la Capilla Sixtina de Miguel Ángel.

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Earl “The Goat” en pleno vuelo/ basketatodoritmo.com

Desgraciadamente, la pobreza estaba más que presente en la vida de Earl. Se vio obligado a aceptar todo tipo de apuestas, en las que demostraba sus innatas condiciones para el baloncesto por unos míseros centavos. Pronto acabó cayendo en las promesas utópicas del primero que alababa su juego. Se inició en la heroína, por la que sería encarcelado en 1969. Tras evitar una condena mayor, y un tiempo en la sombra, regresó a Rucker Park.

Los 70 fueron la primera época dorada del baloncesto afroamericano. Cada día, cientos de seguidores de todos los rincones de Nueva York se acercaban a Rucker. Grandes nombres acudían a los suburbios para ver jugar a aquellos chicos. Earl, aparentemente recuperado de su adicción, despertaba la admiración de niños y periodistas. Volaba, pura sinfonía sobre el asfalto. Saltaba hasta donde nadie llegaba. La hazaña de Vince Carter en Sydney saltando sobre un jugador era algo que Manigault hacía a diario. Cuando Kareem Abdul-Jabbar, uno de los mejores de todos los tiempos, se retiró, al ser preguntado por quién había sido el mejor al que se había enfrentado, respondió “The Goat”.

Vídeo: Mate de Vince Carter en las Olimpiadas de Sidney del 2000. Un salto que Manigault solía hacer a menudo. Vía Youtube. 

Mientras rompía todo tipo de registros; 36 mates en un partido, 60 puntos, mate de 360 grados… Manigault empezó a tirar por tierra su vida. Recayó en el consumo de heroína, gastándose importantes cantidades de dinero, aceptando cualquier trabajo sucio y pidiendo dinero a jugadores contra los que había jugado. No tardó en empezar a robar durante la noche. Frecuentaba zonas lúgubres de Manhattan y pronto dejó de destacar en el baloncesto. Le llegaron ofertas para trabajar en shows, pero Earl ya tenía la cabeza en otra cosa.

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Earl Manigault con los niños de su proyecto/ todayifounot.com

Tras un intento frustrado de volver a Carolina del Sur, donde nació, se hunde en la calle, en la indigencia. Además de su adicción a las drogas, en 1987 empieza a notar que su corazón se para. Este aviso natural, en forma de infarto, le hace replantearse su vida. Su cuerpo ya no es igual, su voz ya no es la misma, no sabe cuánto puede aguantar. Earl funda el proyecyo “Supportive Children’s Advocacy Network”, que protegía a la infancia más desfavorecida. Con el deseo de ayudar, se introduce como entrenador-asistente en una universidad y concede entrevistas a cadenas de televisión y el New York Times. Earl recibe elogios de todas partes; compañeros, entrenadores,  periodistas… empieza a ser reconocido por lo que fue.

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Cartel de la película REBOUND/ Wikipedia

En 1996 se estrena REBOUND: The Legend of Earl Manigault, protagonizada por Don Cheadle y Forest Whitaker. Es una biografía de su propia vida, un tributo. Ya muy desmejorado, Earl acude al estreno. Dos años después, su corazón dejo de latir.

Earl Manigault es el ejemplo de uno de tantos jóvenes afroamericanos que desechan su vida. Un talento innato desaprovechado. Una máquina sobrenatural, capaz de lo mejor que se ha visto en una cancha de baloncesto. Digno de retroceder en el tiempo. Una causa más de la triste segregación social instaurada en la sociedad.

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