De bueno a malo: metamorfosis psicológica de los protagonistas de las series

Adrián Luis

La series norteamericanas están de moda. Las productoras apuestan por grandes tramas, por las mejores localizaciones y por los últimos medios para ambientar las historias. Pero, además de todo esto, muchos creadores se decantan por personajes que a lo largo de las temporadas son objetos de cambios psicológicos como consecuencia de sucesos traumáticos o inesperados. 

Jesse Pinkman y Walter White, descansando después de cocinar metanfetamina / Web del canal AMC
Jesse Pinkman y Walter White, descansando después de cocinar metanfetamina / Web del canal AMC

“¿Con quién estás hablando ahora? ¿A quién te crees que tienes delante? ¿Sabes cuánto gano al año? Si te lo dijera, no te lo creerías. ¿Sabes lo que pasaría si decidiera dejar de ir a trabajar? Un negocio tan grande que podría estar en el NASDAQ se hundiría, desaparecería, dejaría de existir sin mí. Está claro que no sabes quien soy. Te diré algo: yo no estoy en peligro Skyler, yo soy el peligro. Un tío abre la puerta y dispara, ¿crees que sería a mí? No, soy el tío que llama”.

Estas palabras corresponden a Walter White, el protagonista de Breaking Bad, que, como muchos otros personajes de las series estadounidenses más exitosas de los últimos años, sufre una transformación kafkiana en su personalidad: de Dr. Jekyll a Mr. Hyde o viceversa. Las productoras son conscientes de que estas metamorfosis son atractivas para la audiencia ya que dotan al guion de un matiz imprevisible.

Volviendo a Breaking Bad, Walter White, interpretado por Bryan Cranston, es un profesor de química en un instituto de Albuquerque y padre de familia con una vida monótona. Tras diagnosticarle un cáncer de pulmón, Walter decide aprovechar sus conocimientos en química para elaborar metanfetamina con el fin de costearse los tratamientos y garantizar el porvenir de su mujer embarazada, Skyler, y de su hijo con parálisis cerebral, Walter White Jr.

La pureza de su producto –el mejor del mercado– le otorga dinero, poder y orgullo al científico. Todo esto alimenta su ego. Pasa de ser una persona normal a la personalidad más importante en el mundo de las drogas, donde adopta el seudónimo de ‘Heisenberg’. Y aquí está el quid de la cuestión, la otra cara de la moneda, el rostro maquiavélico, calculador y cínico. Bajo ese sobrenombre y bajo un sombrero que cubre su calvicie fruto de la quimioterapia, Walter White alcanza sus fines sin reparar en los medios, en su familia o en su propia salud. La mentira y la muerte acompañaran a lo largo de las cinco temporadas a este personaje entre el bien y el mal que ha marcado a muchos seriéfilos.

Y de un ciudadano a priori ejemplar a otro. El típico ayudante del sheriff de la nación de las barras y las estrellas, un profesional recto a la par que cordial, casado y padre… En resumen, un americano de bandera. Ese es Rick Grimes, encarnado por Andrew Lincoln en la serie The Walking Dead.

Pero si en medio de un apocalipsis plagado de zombis, donde su mujer, que al final fallece, le es infiel con su mejor amigo, su hijo en plena adolescencia no le hace ni caso y, además, tiene que liderar de un grupo de supervivientes que cada dos pasos se encuentra con estos muertos vivientes o con personas que pretenden lucrarse sin ética alguna en mitad del caos, resulta obvio que Rick caiga entre la tiranía y la demencia. Se podría pensar que a medida que le crece la barba, mayor es su ira y su irracionalidad.

En el último episodio de la segunda temporada, el protagonista aseguraba: “Que esto quede claro: si os quedáis, lo de la democracia se ha terminado”. Esta declaración de intenciones y los posteriores actos del líder originaron el concepto, acuñado por los fanes, de Ricktatorship. Un acrónimo que aúna el nombre del protagonista y el vocablo inglés dictatorship, en español, dictadura.

Pero no todos van a sucumbir a los encantos del Lado Oscuro. Los ejemplos más evidentes se encuentra en Juego de tronos, en concreto, en dos hermanos: Jaime y Tyrion Lannister (Nikolaj Coster-Waldau y Peter Dinklage, en la vida real). El primero mostraba la arrogancia del que ha tenido todo por ser el hijo de un noble. Además, su destreza con la espada y su belleza tampoco le ayudan a ser humilde. Sin embargo, tras una captura, una pérdida de una mano y la convivencia con Brienne de Tarth, el ‘Matarreyes’ -así le apodan- experimentó una catarsis hacia la prudencia y la modestia.

Por otra parte, está el astuto Tyrion. Repudiado por su familia, mujeriego y sin ninguna preocupación por los asuntos políticos de su estirpe, el joven de la Casa Lannister llega a conseguir el título de Mano del Rey. Esto provoca que Tyrion se convierta en una persona responsable y comprometida con unos valores.

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